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Papa León XIV rinde tributo a La Virgen Niña, que también se celebra en Nahuizalco

La devoción a la Virgen Niña resalta la inocencia y ternura de María desde su nacimiento. Nacida de una visión conventual en México durante el siglo XIX, esta tradición mariana inspira a millones de fieles en el mundo a cultivar la fe, la paz y la confianza filial.

CNFF.NEWS— El Papa León XIV rindió un tierno tributo a la Virgen Niña, en el marco de la celebración de la Natividad de la Santísima Virgen María, cada 8 de septiembre. Esta advocación, muy difundida en todo el mundo, tiene su propia historia en el pequeño poblado de Nahuizalco, El Salvador, donde se viene celebrando desde hace más de 100 años, en la víspera de la Natividad.

La historia en este distrito, está vinculada a la Cofradía de la Virgen Niña de las Mercedes, que ha preservado la festividad a través de distintos mayordomos y familias, y se conmemora con procesiones, candelas, quema de pólvora y prácticas heredadas por generaciones.

«Hoy celebramos el nacimiento de una niña llamada a ser la Madre de su Creador, la Madre de Dios. Y, sin embargo, simplemente nace una niña, como las hijas y las nietas que sostenemos en brazos. La llamamos con los títulos nobles y altísimos de Señora y Reina, pero la vía de Dios ha sido y sigue siendo más sencilla y silenciosa, pero no por eso menos poderosa y transformadora. Es la vía de Jesús mismo». Papa León XIV

La Iglesia Católica contempla, cada 8 de septiembre, la llegada al mundo de la Madre de Dios, y con ello, la devoción a la Virgen Niña.

Mientras que las advocaciones tradicionales suelen representarla en su etapa adulta o como la dolorosa junto a la Cruz, el culto a la infancia de María destaca por resaltar la inocencia, el amparo maternal desde sus primeros días y la cercanía de la gracia divina desde la concepción.


Orígenes e historia de una hermosa manifestación

Aunque en Italia la imagen de Maria Bambina cobró relevante devoción en el siglo XIX, las raíces de la Divina Niña tal como se venera profundamente en Latinoamérica nacieron en México en el siglo XIX.

La historia se remonta al 6 de enero de 1840 en el antiguo Convento de San José de Gracia, en la Ciudad de México. La monja concepcionista Sor Magdalena del Santísimo Sacramento tuvo una visión durante la fiesta de la Epifanía: contempló a la Virgen María en forma de una recién nacida descansando sobre nubes, envuelta en destellos de luz. Tras esta revelación y contando con la autorización de su superiora, se encargó a un escultor local labrar una pequeña imagen de madera del tamaño de una recién nacida.

La pequeña escultura fue bendecida y pronto se le atribuyeron favores y prodigios. La devoción se extendió rápidamente gracias al esfuerzo de laicos y religiosas, recibiendo la aprobación pontificia de Gregorio XVI. Más tarde, en la segunda mitad del siglo XIX, figuras como la joven María del Rosario Arrevillaga promovieron activamente esta devoción, lo que derivó en la fundación de la Congregación de las Esclavas de la Inmaculada Niña, encargadas de llevar el culto a la Virgen Niña por diversos países de América y Europa.


Un símbolo teológico de renovación y consuelo

Teológicamente, la veneración a la Virgen Niña recuerda a los fieles que el proyecto de salvación de Dios comenzó desde la pequeña y humilde infancia. Las oraciones a la Divina Infantita suelen pedir la protección de los niños, las familias y los enfermos, evocando palabras de consuelo y paz:

«En tu rostro bellísimo se refleja la sonrisa de la Divina Bondad, tus dulces labios se entreabren para decirme: ‘Confianza, paz y amor’…»

Actualmente, el santuario principal de la Divina Niña y sus imágenes peregrinas acogen a miles de peregrinos. Para los creyentes, acudir a la Virgen en su imagen de niña no es solo un acto de veneración mariana, sino un recordatorio de volver a la inocencia y confianza filial frente a las adversidades de la vida cotidiana.


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