El avance de la tecnología y la hiperconectividad han transformado profundamente las relaciones humanas. Sin embargo, este escenario también ha traído consigo zonas oscuras que afectan directamente la salud emocional de las nuevas generaciones. Ante esta realidad, el sacerdote mexicano José Juan Montalvo, conocido popularmente como “Padre Borre”, lanzó una advertencia sobre el daño real y profundo que causan las burlas, las críticas destructivas y los mensajes de odio en las redes sociales.
Fundador de la pastoral digital de la Arquidiócesis de Monterrey, el sacerdote reconoció que plataformas como YouTube o diversos espacios virtuales ya forman parte indivisible de la convivencia cotidiana. No obstante, señaló con preocupación que las pantallas se han convertido en un terreno fértil para la irresponsabilidad afectiva.
“Hoy se nos hace demasiado fácil criticar en redes sociales, escribir cosas que probablemente nunca nos atreveríamos a decirle a alguien de frente, sin dimensionar el daño que podemos provocar”, advirtió el presbítero.
Para el misionero digital, la falsa sensación de anonimato o distancia que otorgan los dispositivos electrónicos facilita que los usuarios emitan juicios sumamente hirientes, minimizando el impacto emocional que sus palabras tienen sobre el receptor.
Cuando la autoestima depende de un «like»
Otro de los flancos más vulnerables señalados por el Padre Borre es la dependencia psicológica que los jóvenes desarrollan respecto a la validación externa. El sistema de interacciones digitales —basado en likes y comentarios— suele arrastrar a los usuarios a construir «personajes» o versiones idealizadas de sus vidas para encajar en los cánones de las plataformas.
Este fenómeno provoca que, a pesar de recibir decenas de mensajes positivos, basta con una sola crítica destructiva para arruinar el día de una persona y condicionar su estabilidad emocional. Ante esto, el sacerdote hizo un llamado a poner las cosas en perspectiva.
En tal sentido, recomendó desvincular el valor personal de la aprobación digital, y recordó que ningún individuo vale más por acumular seguidores ni menos por la indiferencia ante una publicación.
También señaló que no se trata de abandonar la tecnología, sino de aprender a utilizarla sin descuidar la vida real y el contacto humano directo.

El Padre José Juan Montalvo alertó sobre el impacto de los comentarios de odio en jóvenes.
Además, invitó a prestar atención a cambios drásticos de comportamiento, expresiones de soledad profunda o mensajes de desesperanza, aprovechando los canales digitales para tender puentes de ayuda.
Un mensaje de esperanza ante la marea tóxica
Finalmente, el sacerdote destacó que el rol de los creadores de contenido y misioneros digitales debe ser el de contrarrestar esta hostilidad con empatía y mensajes fundamentados en la fe. Frente a la cultura del ataque sistemático, el recordatorio central apunta a que la dignidad humana es inquebrantable y proviene de la aceptación genuina, y no de la tiranía de los algoritmos de popularidad.
El pulso digital en El Salvador: cuando la pantalla amplifica la hostilidad
En El Salvador, diversas mediciones e informes de organizaciones sociales y académicas como la Asociación de Periodistas de El Salvador (APES), la Organización de Mujeres Salvadoreñas por la Paz (ORMUSA), y centros de investigación académica (como los de la Universidad Francisco Gavidia o la UCA) han documentado de forma exhaustiva la polarización, el ciberacoso y los discursos de hostilidad en las plataformas digitales del país. De esta manera, los estudios han encendido las alarmas sobre el crecimiento de la violencia y el discurso de odio en el ciberespacio.
Investigaciones recientes sobre hábitos digitales e incidencia de ciberacoso revelan que un porcentaje considerable de usuarios —con especial impacto en figuras públicas, activistas y periodistas— enfrenta campañas sistemáticas de descalificación y agresiones verbales.
Para los especialistas locales, el anonimato y la alta polarización política y social convierten a las redes en un terreno fértil donde la hostilidad digital erosiona el debate constructivo y daña la salud mental de la ciudadanía.



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