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Crece la devoción a San Peregrino, el «santo del cáncer», a raíz del diagnóstico al papa León XIV

Descubre la fascinante historia de San Peregrino Laziosi, el sacerdote servita del siglo XIV conocido universalmente como el «santo del cáncer». Su milagrosa curación tras una noche de profunda oración continúa inspirando la devoción de millones de fieles que buscan consuelo y esperanza ante la enfermedad.

Hay dolores que, a lo largo de los siglos, han encontrado en la fe su refugio más íntimo. En los pasillos de hospitales, capillas silenciosas y altares colmados de velas, un nombre resuena con particular fuerza cuando el diagnóstico médico se pronuncia en voz baja: San Peregrino Laziosi, universalmente conocido como el “santo del cáncer”.

La devoción a este santo italiano ha crecido en los últimos días, a raíz del diagnóstico de cáncer de pulmón encontrado al papa León XIV, por el que Su Santidad guarda reposo por una semana mientras se recupera de la cirugía.

La historia de Peregrino no comenzó entre rezos piadosos, sino en el turbulento escenario de la Italia del siglo XIV. Nacido en Forlì en 1260, en el seno de una familia acomodada, el joven Peregrino abrazó con vehemencia las facciones políticas contrarias al Papado.

Cuentan las crónicas que cuando San Felipe Benizi, superior de los Siervos de María (servitas), llegó a Forlì para apaciguar los ánimos en nombre del Papa Martín IV, fue recibido con hostilidad. Lejos de amedrentarse por los insultos, Peregrino cruzó la línea de la agresión física y le propinó una bofetada en el rostro al fraile. La respuesta de Felipe desarmó por completo al joven: lejos de responder con ira, ofreció la otra mejilla y se puso a rezar por él.

Atravesado por el remordimiento y la admiración ante tal gesto de bondad, Peregrino corrió tras el religioso, se arrodilló para pedir perdón y transformó radicalmente su rumbo. Tras una presunta visión de la Virgen María, ingresó a la orden de los servitas, donde se distinguió por una austeridad extrema —la tradición señala que durante treinta años nunca se sentó— y por una incansable entrega al confesonario y al púlpito en su natal Forlì.

La noche del milagro

Paradójicamente, aquel hombre que entregó su madurez al consuelo ajeno debió enfrentar en su vejez el sufrimiento en carne propia. Una grave lesión cancerosa se adueñó de su pie derecho, gangrenándose al punto de exhalar un olor tan fétido que obligaba a mantener distancia.

Los médicos, sin alternativas ante el avance incontenible de la enfermedad, tomaron una decisión drástica: programar la amputación para la mañana siguiente.

La víspera de la operación constituyó una prueba límite de fe. Peregrino se arrastró como pudo hasta el crucifijo de la capilla, donde pasó horas rezando entre lágrimas hasta quedar profundamente dormido. En la quietud de la madrugada, experimentó un sueño vívido donde la figura de Jesucristo descendía de la cruz para tocar y sanar su extremidad enferma.

Al despertar con los primeros rayos de luz, el dolor había desaparecido. Al examinarlo horas más tarde, los cirujanos comprobaron estupefactos que no quedaba ni rastro de la lesión ni de la gangrena. El milagro estaba consumado.

Un bálsamo que trasciende los siglos

Canonizado en 1726 por el Papa Benedicto XIII, San Peregrino dejó de pertenecer exclusivamente a la historia de Forlì para convertirse en el patrono y protector de quienes enfrentan tumores y enfermedades prolongadas.

Su devoción se expandió por el mundo entero, desde su santuario principal en Italia hasta lugares como el Santuario Nacional de San Peregrino en Chicago, encontrando eco permanente en los momentos de mayor vulnerabilidad humana.

Hoy, cuando comunidades de fieles alrededor del mundo elevan sus plegarias por la salud de figuras públicas —como ocurre con la recuperación del Papa León XIV—, la figura del sacerdote servita vuelve a cobrar vigencia en hospitales y altares.

En tiempos donde la ciencia busca respuestas en los laboratorios, millones de personas siguen acudiendo a la memoria de aquel fraile del pie sanado, encontrando en su historia la certeza de que, incluso en la antesala del dolor más oscuro, la esperanza jamás se amputa.

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